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Hay palabras que parecen sencillas hasta que uno se detiene a mirarlas de cerca. Contacto es una de ellas. La usamos para hablar de un roce en la piel, de un número guardado en el móvil, de una señal captada desde el espacio o de la reunión que alguien concierta para vender algo. Un mismo término sirve para nombrar la caricia de una madre y la casilla de un formulario. Esa amplitud no es casualidad: describe algo que atraviesa toda la experiencia humana, desde lo más íntimo hasta lo más burocrático.

En el plano físico, el tacto es el primer sentido que desarrollamos. Antes de ver, antes de oír con claridad, el feto ya percibe presión y movimiento. Los recién nacidos que reciben lo que los pediatras llaman «método canguro» —piel con piel sobre el pecho de sus padres— regulan mejor su temperatura, su ritmo cardíaco y su respiración. No hay tecnología que sustituya ese intercambio. Un cuerpo cálido contra otro comunica una información que ninguna pantalla transmite: estás aquí, no estás solo, alguien te sostiene.

Con los años aprendemos a codificar ese lenguaje. Un apretón de manos firme, una palmada en la espalda, un abrazo que se alarga medio segundo de más. Cada cultura fija sus propias reglas sobre cuánta cercanía es aceptable y con quién. En el Mediterráneo la conversación se acompaña de gestos que rozan al interlocutor; en el norte de Europa o en buena parte de Asia, esa misma proximidad puede resultar invasiva. El antropólogo Edward T. Hall llamó «proxémica» al estudio de estas distancias invisibles que todos respetamos sin haberlas leído en ningún manual.

Luego llegó la abstracción. En algún momento del siglo XX, la palabra se desprendió del cuerpo y pasó a designar una relación sin tocar. Tener un buen contacto en una empresa significaba conocer a alguien capaz de abrir una puerta. La agenda de papel se llenó de nombres y teléfonos, y esa lista se convirtió en un patrimonio: quien tenía muchos podía moverse por el mundo con más facilidad. Hoy nuestros teléfonos almacenan cientos de esos registros, la mayoría de los cuales corresponden a personas con las que no hablamos desde hace años. Guardamos posibilidades más que vínculos.

La era digital multiplicó las vías y adelgazó el contenido. Podemos escribir a alguien que vive a diez mil kilómetros y recibir respuesta en segundos, algo que a nuestros bisabuelos les habría parecido brujería. Pero también hemos descubierto que la frecuencia no equivale a profundidad. Uno puede intercambiar cincuenta mensajes al día con una persona y no saber cómo está realmente. Los estudios sobre soledad en países ricos apuntan a una paradoja incómoda: nunca estuvimos tan conectados ni reportamos tanto aislamiento. La conexión es un cable; el contacto es otra cosa.

La pandemia de 2020 puso el asunto sobre la mesa de forma brutal. Durante meses, saludar se volvió un riesgo. Familias enteras se despidieron de sus mayores a través de un cristal o de una tableta sostenida por una enfermera. Aprendimos, por ausencia, lo que dábamos por descontado. Cuando las restricciones cayeron, mucha gente describió el primer abrazo con sus padres como una experiencia casi física de alivio, algo que se sentía en el pecho antes de poder explicarse con palabras.

Quizá la lección sea modesta. No hace falta renunciar a las herramientas ni idealizar un pasado que también tenía sus distancias. Basta con reconocer que ciertos intercambios exigen presencia: una conversación difícil, una noticia dolorosa, una reconciliación. El resto puede resolverse por escrito.

Al final, buscar contacto es reconocer que no nos bastamos solos. Ninguna de las versiones de la palabra —la del roce, la de la agenda, la del mensaje— existiría si no fuéramos criaturas incompletas, permanentemente inclinadas hacia los demás. Y esa incompletitud, lejos de ser un defecto, es probablemente lo mejor que tenemos.